La gestacion del Padre

Por Sergio Sinay

Paul Auster es uno de los más originales y talentosos narradores estadounidenses contemporáneos. Sus novelas son deslumbrantes por sus tramas, bellas por el uso que él hace de las palabras, estimulantes por sus reflexiones y conmovedoras por sus contenidos. Una de ellas, La invención de la soledad, gira en torno de las dos caras de la paternidad. La del hombre como hijo y la del hombre como padre.
El protagonista de la historia va haciendo comprobaciones acerca de la figura paterna. Estas son algunas:

“Uno no deja de ansiar el amor de su padre, ni siquiera cuando es adulto.”
“Mi recuerdo más temprano: su ausencia. Durante los primeros tres años de vida, él se iba a trabajar por la mañana temprano, antes de que yo me despertara, y volvía a casa mucho después de que me acostara”.
“Por lo visto, buscaba a mi padre desde el comienzo, buscaba con ansiedad a alguién que se pareciera a él”.
“No es que yo sintiera que le disgustaba; sólo parecía distraído, incapaz de mirar en mi dirección. Y, por sobre todas las cosas, yo quería que notara mi presencia”.
“Mirándolo en retrospectiva parece algo de lo mas trivial. Sin embargo, el hecho de que yo fuera incluído, de que mi padre me invitara por casualidad a compartir su aburrimiento con él, me llenó de dicha”.
“En lugar de enterrar a mi padre, estas palabras lo han mantenido vivo, tal vez mucho mas que antes. No sólo lo veo como fué, sino como es, como será; y todos los días está aquí, invadiendo mis pensamientos, metiéndose en mí a hurtadillas y de improviso.”

Traigo esta cita literaria porque me parece una demostración palpable de cuánta información rica ofrece la buena literatura y porque la lectura de esta novela me produjo un asombro constante al encontrarme en ella con frases textuales que yo he oído de labios de hombres de carne y hueso, con los cuales he compartido vivencias y experiencias; en esos párrafos hallé además sensaciones e ideas que yo mismo experimenté.Desde que un hombre se convierte en padre estará siempre presente en su hijo. Presente aún en ausencia. Desde que una criatura nace, el padre será una referencia constante. Lo será aún por omisión. En síntesis: con la gestación de nuestro hijo entramos en un espacio del cual no hay retorno. La vida, en su armonía infinita y no siempre notable a primera vista, nos da un largo período de adaptación, de preparación, de reflexión, de acercamiento a nuestro nuevo rol.

A lo largo de esos nueve meses podemos darnos por enterados de lo que nos está ocurriendo o podemos empezar a ejercitar nuestra capacidad de fuga y de ausencia. Como señala el personaje de Auster, nuestros hijos querrán que los observemos, que seamos capaces de compartir con ellos así sea nuestro aburrimiento, no dejarán de ansiar nuestro amor, desearán parecérsenos o necesitarán de alguién que se nos parezca.

¿Y nosotros? ¿Qué deseamos de ellos, qué necesitamos, con qué expectativas los aguardamos, qué estamos dispuestos a compartir, qué les exigiremos, los imaginamos parecidos a nosotros?

Ese paquetito de carne, que llora, chupa, duerme y hace constantemente pis y caca, es nuestro hijo. El gran desconocido. Con toda la ansiedad del caso, soñarlo era más fácil, resultaba más manejable que verlo. Quizás hemos practicado con nuestra compañera, en casa y en los cursos de puericultura, y hemos aprendido a cambiar pañales, dar masajes o mamaderas y sostener ese cuerpito. Y si lo hemos aprendido, ello nos proporcionará ahora una bienvenida dosis de tranquilidad y seguridad.

Pero la Gran Pregunta sigue abierta: ¿Qué se hace con un hijo? ¿Cómo se hace? Si nos aferramos al salvavidas de los roles tradicionales (¿has oído hablar de los salvavidas de plomo?), las respuestas podrían ser estas:

Lo dejamos en las manos exclusivas de la mamá y de las abuelas, que para eso son mujeres y saben.
Nos dedicamos con toda nuestra energía al trabajo “para que a la criatura no lo falte nada “.
Pagamos el mejor pediatra para que él se haga cargo de nuestras dudas mediante un simple llamado telefónico.
Nos anotamos en cuanto viaje de negocios aparezca porque así estamos “asegurando el futuro”.

La cultura ha sido pródiga con los padres en cuanto a proporcionarnos excusas para la ausencia sin necesidad de llamarla temor, ansiedad, desconocimiento, angustia. Pero la Gran Pregunta está ahí, sólida como el peñón de Gibraltar: ¿Qué se hace con el hijo que acaba de nacer?

Sabemos que la mamá pasará por un período de tristeza, extrañará su panza (era parte de su cuerpo, después de todo). Se sentirá abrumada por las demandas del bebé, no podrá recomponer fácilmente su propia imagen, sentirá por momentos deseos de ser ella una nena. Sabemos (¿de veras lo sabemos?) que, en la medida en que se vaya habituando al bebé, ella se sentirá a veces extraña respecto de nosotros, o nos sentirá extraños respecto de ella.

 

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