Familias ensambladas

En la medida que los divorcios se van haciendo más frecuentes, las mujeres y los varones habitualmente volvemos a emparejarnos y de esas uniones nacen hijos que ya no son ilegítimos para nuestra moderna concepción, pero sin embargo no sabemos muy bien dónde ubicarlos dentro de nuestro esquema de familia. Es que las familias han cambiado en el concepto y en la realidad. Ahora los niños tienen hermanos por parte del padre, por parte de la madre, por parte de la segunda pareja del padre, sobrinos que son hijos de medios hermanos y hermanastros con quienes no tienen lazos sanguíneos pero sí convivencia fraterna. Madrastras que no se parecen en nada a las brujas de los cuentos y padrastros a quienes aman y a veces pierden después del último divorcio de la madre.

El “quién es quién” en estos nuevos rompecabezas familiares ya no los podemos organizar según los lazos de parentesco físico sino según los vínculos afectivos que se establecen de muy variadas maneras. Esa es la gran diferencia ahora: ya no se estipula quién funciona como padre, hermano o tío según la herencia sanguínea, sino que aquel que esté dispuesto a cumplir esa función -bajo el acuerdo de todos los implicados- simplemente lo asume.

Para los niños estas cosas suelen ser muy sencillas. No tienen problemas en amar a dos, a tres o a veinte personas. Con frecuencia, quienes tenemos problemas somos las personas mayores, a quienes nos resulta más complejo admitir dentro de nuestro circuito afectivo a más individuos que los que teníamos calculado.
Sucede que sin querer nos enamoramos de alguien. Digamos, por ejemplo, que Remedios se enamora de Juan Carlos. Remedios es joven, no tiene hijos y desea tenerlos. Si hay algo que a Remedios le gusta de su pareja, es que es un padre encantador. Juan Carlos tiene dos hijos pequeños, Marcos de 6 años y Mercedes de 4 años. Verlo jugar con sus hijos, observarlo cuando corretea con ellos los domingos y cuando los acaricia antes de dormir, la llena de ternura y pasión por ese hombre perfecto. Las cosas andan tan bien que deciden vivir juntos, incluso han conversado sobre la posibilidad de tener niños más adelante. La vida les sonríe.

Pues bien, resulta que Remedios se enamoró de Juan Carlos pero no previó que eso significaría alimentar el amor hacia esos dos niños que a partir de ese momento pasan a formar parte de su vida familiar. En el devenir cotidiano, aparecerán las dificultades, teñidas por las limitaciones reales que traen consigo la presencia de los niños pequeños: básicamente coartan la libertad y la autonomía. Es así. Ya no disponemos de nuestro tiempo ni de nuestra energía como antes: los niños y sus necesidades están primero. Pueden aparecer también diferencias importantes respecto a la madre de los niños, concepciones diferentes en el arte de criar y todo tipo de desencuentros, obvios motivos por los cuales Juan Carlos y su ex mujer ya no están juntos. Remedios intentará inconscientemente retener a Juan Carlos para sí, al mismo tiempo que tratará de expulsar de ese territorio a los niños molestos. El problema es que Juan Carlos “solo” no existe. Es “JuanCarlosconsusdoshijos”. He aquí uno de los malentendidos más frecuentes cuando estamos construyendo una familia ensamblada sin saber que la estamos fundando. Quiero decir, una cosa es enamorarse de un varón o una mujer con hijos, y otra es comprender que todo vínculo comprometido con ese individuo, incluye necesariamente a sus hijos.

A menudo pretendemos desconocer la evidencia de la presencia indefectible  de los hijos  de la persona que amamos, sosteniendo la ilusión que ese ser está solo y totalmente disponible para nosotros. Sin embargo, si decidimos iniciar una convivencia, tendremos que rendirnos ante la realidad tal cual es y lograr acuerdos sobre muchas más situaciones que las habituales dentro de una pareja sin hijos. Cuando asumimos el compromiso de convivir con hijos ajenos, tendremos que ser muy claros unos y otros sobre qué estamos en condiciones de ofrecer, qué pedimos a cambio, qué espacio de libertad otorgamos a nuestra pareja para ocuparse de sus hijos –especialmente si no tenemos hijos propios- y sobre todo, tenemos derecho a conocer la trama oculta de los vínculos de esos niños en relación a sus progenitores o personas a cargo la mayor parte del tiempo.

Inversamente, si Milagros es quien tiene tres hijos, supongamos que tiene a Clara de 14 años, y a los gemelos Lorenzo y Martin de 10 años; y Juan Carlos decide asumir la convivencia con estos niños, tendrán que discutir y “poner sobre la mesa” con lujo de detalles las modalidades de convivencia, lo que cada uno está verdaderamente en condiciones de ofrecer al otro, los tiempos disponibles y sobre todo si serán capaces de tolerar las modalidades de crianza o las ideas que cada uno defiende en relación a la educación de los niños. Lo mismo sucede si Milagros tiene hijos y Juan Carlos también tiene hijos. Dependerá de quiénes son los niños que viven permanentemente en la casa en común, las edades y el nivel de conflictos con cada uno de los ex cónyuges, lo que facilite o empeore el entendimiento entre las partes.

Justamente, uno de los factores que no tenemos en cuenta al momento de ensamblarnos…es que compartiremos la vida -lo admitamos o no- con los ex cónyuges, propios y los de nuestra pareja, ya que están presentes en cada exabrupto de los niños, cada enfado, cada enfermedad y cada toma de decisiones. ¡Esa es la verdadera sorpresa! Y la peor noticia es darnos cuenta que los ex suegros también están invitados a la fiesta (a decir verdad, no estaban invitados, pero aparecieron como la humedad en la pared) y nos vemos obligados a aceptar que hacen parte de la familia, en las buenas y en las malas.

Estar dispuestos a ensamblar familias supone una generosidad y una apertura excepcionales. Porque no se trata sólo del amor pasional entre un hombre y una mujer con el consecuente deseo de estar juntos. Cuando uno de los dos  -o ambos- tenemos hijos, planear el futuro en común incluye múltiples variables, tantos como individuos hagan parte de esta decisión tomada sólo por la pareja enamorada y sin el consentimiento de los niños. Es decir, será menester ejercer la paciencia, el diálogo, las explicaciones, la escucha genuina y la verdadera intensión de ofrecer a los niños algo tan valioso como la comprensión y la compañía, en agradecimiento a la adaptación de los niños al nuevo esquema familiar. La familia ensamblada nos obliga a tolerar las diferencias, a ofrecer nuestras virtudes –ya sean la tranquilidad, la solvencia económica, el humor, una familia extendida que respalda, la simpatía, la disponibilidad para el diálogo o lo que sea que acreditemos en beneficio de todos- porque una familia ensamblada es siempre un desafío mayor. Somos los adultos que tenemos la obligación de cultivar el amor hacia los niños que no son propios, si pretendemos que los niños aprendan a convivir, sean respetuosos y solidarios -ya sea con sus hermanos de sangre o de vida- y sientan unos y otros que están en su casa.  Si la experiencia cotidiana está basada en el diálogo y en la aceptación de las diferencias, todos seremos cada vez más capaces de acomodarnos a las necesidades de los grandes y de los pequeños nutriéndonos del abanico de percepciones y sensaciones que nos constituyen.

Por otra parte, vale la pena que reflexionemos sobre qué significa “hijos propios”. Cuánto tiene que ver ese concepto con la apropiación de los hijos como si fueran un bien de consumo. Y qué bueno sería para la humanidad toda que aprendamos a considerar a todos los niños como propios, sobre todo si nos toca convivir con ellos.

En cambio, cuando la pareja constituida y al frente de la familia ensamblada divide los territorios dentro de la casa entre los tuyos y los míos, el pronóstico es complicado. En esos casos evaluemos si no es mejor tener una relación de pareja sin convivencia, para que los hijos propios y ajenos no se conviertan en rehenes de nuestras disputas.

La noticia alentadora es que en las familias ensambladas circula mucha vitalidad. Habitualmente hay niños de edades muy diferentes, niños o adolescentes que viven algunos días en casa de la madre y otros en casa del padre, hay vacaciones con unos y otros. Es común que un niño desee compartir actividades en casa de la mamá o el papá de su hermanastro, ex cónyuge de la pareja de su propio progenitor. Es gracioso que ya nos hayamos perdido en el mapa familiar, de hecho hay familias que lúdicamente dibujan mapas indicativos para no perderse en el laberinto de los lazos inter-familiares y lo cuelgan en la puerta de entrada para que quienes visiten ese hogar sepan quién es quién. Es el juego de las diferencias. Es el juego de la libertad.

Laura Gutman

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